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COUNSELING
COMUNITARIO: COMPARTIENDO EXPERIENCIAS
Artículo
publicado en la revista Enfoque Humanístico Número 12 en Noviembre de 2001
“Counseling
Comunitario: Compartiendo experiencias”
Guía de viaje:
de Barrio Norte a Ciudad Oculta.
Mientras escribo estas líneas emergen de mi interior algunas
experiencias de mi vida, que han representado para mí por su profundo contenido
una suerte de escuela – usina de aprendizajes altamente significativos. La
militancia de ideas y la lucha solidaria adolescente en los años 70, el
posterior “desaparecimiento” propio y de otros compañeros. Cuerpos
desaparecidos, afectos y emociones desaparecidas. El exilio. El subir y bajar,
el ir y venir de rostros añorados, extrañados. Y este presente. Días inciertos e
inseguros. Estos días globalizados y despersonalizantes que corren y corren,
dejando a su paso montículos humanos que ruegan como muecas del olvido por una
limosna de asistencia y ayuda, y ya no por su propia dignidad. Tiempos que
parecieran arrasar salvajemente el sentido mismo de la existencia. Cuando la
indigencia de existir que anida en cada uno de nosotros, se ve superada por la
indigencia de no comer. Estas imágenes surgentes me recorren íntegramente. Es
como si acudieran a mí para ayudarme a explicar y a explicarme los porqués
acerca de mi filosofía, de mis valores, de mi visión del mundo, de mi necesidad
de modelos alentadores. Vienen a explicarme la inquietante y afanosa búsqueda en
el encuentro con los otros. La riqueza nutritiva que aflora de sus experiencias.
Y la fortuna nunca suficientemente apreciada que encierra la generosidad en el
acto de compartir. Vienen a fundamentar el origen de mi vocación. Mi vocación
nació allí: en el dolor de los otros. Allí fue el parto. Y esta es la piedra
fundamental de lo que hoy soy en el presente. Es mi identidad, es mi estilo. Es
mi brújula. La que observo (o al menos eso intento) cuando me veo extraviado en
el camino. Cuando las coordenadas no figuran en el mapa y los recovecos se
confunden y entremezclan. Cuando hay cortadas en donde alguna vez hubo una
calle. Cuando las heridas aún ya cicatrizadas reclaman ser abiertas una y otra
vez. Cuando el dolor de los otros, es también mi propio dolor.
Sin embargo suelen suceder ciertos milagros. Son sucesos de
increíbles dimensiones y texturas. Son instantes en los que todos los caminos se
ramifican como una amorosa invitación al libre tránsito. Son espacios sin tiempo
en los cuales no sintiéndome escindido, he podido en contadas ocasiones captar,
percibir, extraer la esencia y el sentido de estos viajes por la vida: recorrer
una y otra vez, recursivamente, un camino de amor y de libertad.
Salí de viaje desde Barrio Norte hace aproximadamente algo más de
45 años y algo menos de 46, (no seré preciso por pudor) y pocas semanas atrás
llegué a otra de mis etapas: Ciudad Oculta. Ciudad Oculta es – para quienes no
la conocen y para algunos geógrafos ganados por la ironía – una pretendida
barriada o villa. A mí se me ocurre que es una de las expresiones más sutiles de
la sociedad pos moderna de lo que en otros tiempos se conociera como “campo de
concentración” o “campo de exterminio”. Lo que la “evolución” ha sutilizado es
el método de exterminio, o lo que en otras épocas se conociera como “solución
final”. Si de algo hay predominio en Ciudad Oculta es de violencia, desde
cualquier ángulo observable. Pero la esperanza, la fe, la dedicación
voluntariosa, están presentes. Calladamente. Como semillas poderosas, más allá
de toda contingencia dan y darán flor. Y hecha esta disquisición, surgen aquí
algunos interrogantes como por ejemplo: ¿Qué tan oculta es la ciudad?, Y de ser
así: ¿Qué es lo que se oculta en ella? ¿Qué historias oculta, qué alegrías?;
¿Qué tragedias oculta?. Y más aún: ¿podremos encontrar oculta en la ciudad
alguna expresión de belleza? Si hurgáramos, acompañáramos y exploráramos
pacientemente, arte – sana – mente, ¿tendremos la oportunidad de hallar belleza
donde originalmente habíamos encontrado una esquina de dolor? Y si fuera
posible, ¿de qué dependería que esto ocurra?
Cuando me acerqué por primera vez a la puerta del Hogar de niños
Juanito, me hacía estas preguntas mientras con pulso inestable tocaba el timbre.
Leía del folleto de la Fundación algo que decía: “¿Por qué Juanito?: por
aquellos niños que perdieron el derecho de serlo y de crecer en libertad
acompañados por adultos…” “Fundación Juanito: Para la protección de la
infancia”… Alguien me abrió la puerta, me sonrió y entré…
Hace un tiempo preparé un trabajo para la cátedra de Psicología
Evolutiva, centrado en la etapa de la infancia y de la niñez. Y tomé como base
de mi hipótesis a una película que se titula “La Vida es Bella”.
Desde el
celuloide cinematográfico, el Director y Guionista de La Vida Es Bella,
intenta transferirnos en tono de comedia dramática, una mirada casi ingenua
sobre uno de los episodios más trágicos que nos ha tocado vivir a los seres
humanos: El holocausto y sus consecuencias. La historia está narrada por uno de
sus protagonistas, que por aquellos tiempos era aún un niño, y que por gracia de
los denodados esfuerzos de su padre, atraviesa la experiencia de vivir en un
campo de exterminio nazi, como si la misma hubiera sido no más que un juego de
niños. Es su padre quien con el correr de los meses, teje y teje para la
percepción de su pequeño hijo una trama que permanentemente lo aleja de todos
los horrores que se nos puedan ocurrir, y de todos aquellos que ni siquiera
podríamos imaginar: la separación de su madre, el desarraigo de su hogar, la
reclusión dentro de una barraca inmunda, rodeado de rostros desencajados y
desconocidos, confinado a un camastro de madera en el que debe permanecer
escondido para no ser descubierto (caso contrario “perdería los puntos en
juego”), el frío lacerante de un crudo invierno en pantalón corto, el dolor
visceral del hambre, la soledad de interminables horas en las que su padre debe
dejarlo “para salir a jugar el juego” mientras el niño queda en actitud alerta,
vigilante y atento a que el portón de su barraca no delate la aparición de
alguien dispuesto a descubrir su escondite perpetuo. Y la lista de privaciones y
de flagelos sigue y podría ser interminable. Pero sin embargo el niño no sin
atravesar algún momento de duda y deseo de desistir de este juego y regresar a
su casa, persiste y pervive en la creencia de que no hay nada más importante que
“ganar” esa competencia, lo cual le posibilitará obtener el premio mayor: un
tanque de guerra.
Sin perjuicio
de admitir con inagotable pesar que “la historia real fue otra”, me pareció
válido aprovechar esta expresión artística, esta fábula que se nos presenta con
formato de película, para plantear interrogantes. ¿Puede un niño poner distancia
a tanto horror e incluso percibirlo como si fuera parte de un juego? .
Y si nos
alejáramos de la perspectiva del horror y de la crueldad extrema, ¿podríamos
decir que de la voluntad y de la dedicación de las personas significativas para
un niño, depende exclusivamente que pueda transitar esta etapa de la manera más
satisfactoria y plena?
¿Puede el niño
“escapar” a la influencia de lo que le rodea?
¿Qué elementos
y circunstancias propician que la belleza se manifieste en la niñez de una
persona? ¿Podríamos afirmar que La Vida Es Bella a pesar de todo? O
planteado a modo de hipótesis: La Vida Es Bella para un niño, a pesar de todo,
siempre que sus personas significativas hagan lo necesario para que así sea.
Prefiero tomar
el título de la película aludida como una ironía de su autor. Personalmente no
creo que la vida sea bella a pesar de todo y en cualquier circunstancia para un
niño. Sí creo que debemos cumplir con nuestro más elevado cometido. La
exploración amorosa de ese ser del cual nos hacemos responsables. El niño se nos
presenta en sí mismo como un signo de interrogación: un acertijo que día a día
debemos descifrar. Él desea ser descubierto a su tiempo. Nos dedica su
maravillosa presencia y no me cabe otra tarea como padre, que honrarla. Y
tampoco me cabe otra concepción desde el punto de vista profesional, dado que
tanto en un rol como en el otro nos colocamos en el privilegiado lugar del ser
humano libre y responsable. Hemos hablado en reiteradas ocasiones al referirnos
a las necesidades del niño para desarrollarse en el camino de la salud, de
términos tales como defensa, poderes, elección, disfrute, ser, seguridad,
independencia, libertad, unicidad, plenitud, madurez, satisfacción, ofrecer,
respetar, contemplar, recuperar, aceptar, potencialidad, congruencia,
coincidencia, autenticidad, despliegue, empatía, derecho, expresar, sentir,
vivenciar, escuchar, estabilidad, dignidad, confianza, apoyo, afecto, fuerza,
esperanza, voluntad, amor. Poniendo estas palabras en acción podríamos entender
a la vida como un reflejo de belleza en la imagen de un niño. Considero urgente,
posible, indispensable, aunque al mismo tiempo difícil, que un niño Kosovar o un
niño de Auschwitz, o un niño Rwandés o de la Villa Ciudad Oculta, capturen un
instante de belleza en medio de sus trágicas experiencias.
Quizá
encontrar la belleza, radique en descubrirle un “sentido” a la experiencia. Pero
mucho me temo que la búsqueda del sentido se corresponde más con una etapa
posterior a la niñez. ¿Será quizá este tiempo, mi tiempo, de encontrar
ese sentido?
Aquella primera vez que entré al Hogar Juanito tuve miedo. La
puerta de entrada metálica, un largo e interminable pasillo que proponía
demasiado tiempo para el pensamiento. Y luego un patio cuadrado de baldosas
claras y luminosas, bordeado en su contorno por plantas de baja estatura. Y a un
lado, habitaciones en las que podía adivinar (ya que ni se me ocurra ni me
atreva a observar) muebles, dibujos y pertenencias infantiles. Y más allá otra
habitación de estar y luego otro patio. Comedor, cocina, patio, chicos,
lavadero, chicos, oficina, chicos, mesas, sillas, sonrisas, gritos, chicos,
ternura, charla y chicos. Y yo estaba ahí. Tenía como un respetuoso temor por mi
temor, pero estaba ahí. Y quería ayudar. Y era Counselor. Aaaaaah Counselor….-
me dijeron - bueno, claro, necesitamos counselors. Y a propósito – me
preguntaron – ¿vos de electricidad y plomería sabés algo?….
Luego de compartir en posteriores circunstancias nuevas charlas,
algún taller teórico vivencial sobre la infancia en riesgo y de tocar el timbre
con pulso un poco más estable, sentí que ya estaba listo para la tarea. Fue en
ese momento y no antes ni después, que me sentí preparado para comenzar a poner
en práctica lo aprendido y al fin tomar mis herramientas. Y así fue. Espero no
decepcionarlos pero las primeras herramientas que utilicé fueron el pico de
loro, el destornillador, el taladro, el buscapolos y mis propias manos. Decidí
aceptar el desafío y comprar boleto. Decidí subirme y emprender el viaje de
pechos abiertos. Decidí ser flor marchita aunque de insólita dulzura. Y foto mía
de niño pidiendo ayuda. Decidí ser cartón corrugado a punto de ser arrojado a la
basura pero rescatado a tiempo para ilustrar un maravilloso collage. Decidí ser
tarjeta de amor con mensaje de amor incluido. Decidí ser tarjeta y no poder
leerla. Decidí ser papel glasé de colores brillantes cortado en pedacitos y
pegado con plasticola. Decidí ser papá, para dejar de serlo. Y decidí llorar por
él, por ella y por mí.
Y aprendí con mis manos que no es lo mismo un talle 6 que un
talle 10. Y que los jeans no se acomodan por color, sino por tamaño. Y que lo
importante es dejar a mano los buzos y camperas porque el frío arrecia. Y que un
niño sabe elegir qué ropa le gustaría usar aunque sea usada. Y aprendí con el
destornillador y el pico de loro que las canillas dan alegría cuando están
sanas. Porque sirven para regar las plantas del patio. Y para salpicar con buena
puntería si se le puede conectar una manguera. Y porque al tirar de la cadena,
el agua se lleva lo que mi cuerpo devuelve al mundo. Y el buscapolos me enseñó a
diferenciar lo positivo de lo negativo. Y descubrir los neutros. Y a satisfacer
la necesidad de un velador que vele el sueño en las noches. Y a darle fuerza a
ese tubo fluorescente que no arranca. Y si no arranca alguien no podrá leer un
cuento antes de dormir. El taladro me demostró la seguridad que da instalarlo,
de modo confiable y sin temor a que se me caiga en la cabeza justo en el momento
en que más lo requiero. Cuando necesito iluminar mi intimidad. Y aprendí lo
invalorable de contar con la asistencia de tantos facilitadores calificados: los
chicos, siempre los chicos allí. Observándome, preguntándome, ayudándome,
conociéndome, agradeciéndome, queriéndome. A pesar de que – como alguien me
explicó – “sus vidas y sus cuerpos, no fueron respetados. Ellos, trabajan de ser
chicos”….
Esto fue, herramientas mediante, lo que luego comprendí como el
proceso de conocimiento mutuo. Comencé a conocer al Hogar. La casa de los
chicos. Y la casa y los chicos comenzaron a conocerme a mí. Y comprendí que para
ser un buen Counselor es recomendable aprehender los misterios de la plomería y
de la electricidad.
Si usted decide acercarse hasta Ciudad Oculta, sin perjuicio de
la indiscutible riqueza que pueda proporcionarle llevar a cabo su propia
experiencia, vale como señal preventiva observar especial cuidado en el tránsito
interno. Interno, me refiero a su interioridad. O sea a la interioridad de
usted. Es decir de usted, el que lee esto. En mi caso particular debo confesar
que la experiencia fue un tanto más caótica que el modo de lo que acabo de
expresar.
El viaje en sí implica llegarse hasta zonas geográfica y
topográficamente diferentes a las que solemos frecuentar. Digamos, por decirlo
de otra manera, que el esfuerzo consiste en zarpar en una chalupa desde una
orilla conocida para llegar a otra orilla inexplorada sin tener certeza alguna
respecto a la realidad imperante en la otra orilla, ni tampoco a las
contingencias con las podemos encontrarnos durante la travesía. Y propongo como
elemento útil para el cruce, una chalupa o bote de madera, con algún remo en
buen estado, de modo de valerse fundamentalmente de uno mismo y de todo aquello
que encontremos a favor en cuanto a lograr el objetivo en la dirección que
llevamos.
Llegar es en sí mismo un logro. Pero quiero insertar aquí con
fines tranquilizadores que a pesar de lo que las leyes físicas digan, el viaje
de ida ha dejado huellas en el agua. Puede suceder, contrariamente a lo
supuesto, que la primera vez, a pesar de la inexperiencia y el desconocimiento,
usted llegue puntualmente. En mi caso fue de enorme operatividad el hecho de ir
acompañado de una enorme dosis de confianza. Para ser más específico: Lucía,
Mónica, Elba y los chicos. Los chicos sin duda eran el viento que henchía las
velas. Su fuerza, su canto, su enojo y su alegría eran motores que impulsaban a
la nave con rumbo firme. Ellos conocían mejor que nadie la ruta. Ellos sabían
claramente dónde frenar, dónde avanzar, dónde doblar. Ellos, los chicos que
volvían a Ciudad Oculta iban en busca de un tesoro. Un tesoro cargado de
riqueza, regalos, ilusiones, olores, magia y futuro. Un tesoro de amor, de
promesas y oportunidades. Un tesoro que por momentos, nosotros, los adultos
desesperanzados consideramos inhallable para los chicos. En horas de duda y de
zozobra, y a veces con razón, lo consideramos perdido para siempre. Pero sin
embargo allí vamos. Hay esperanza y hay un compromiso con el plan de viaje.
Somos navegantes. Y nuestro mejor intento es acompañar a puerto a la tripulación
y a la embarcación. Esa es la tarea.
Al llegar a destino, los chicos buscarán denodadamente su tesoro:
mamá, hermanos, casa, barrio, origen, historia….
Todo puede suceder. De hecho sucedió. Es posible que los chicos
se encuentren con sus hermanos mayores y menores. Jugar, correr, pelear,
vociferar, mirarse, abrazarse. Esa es la consigna. Esa es la urgencia.
Todo es posible. Es posible que los chicos reconozcan en esa
señora, a su mamá. Esa señora que entra como flotando en una burbuja…burbuja.
Que luego se irá transformando más y más en una carcaza transparente, incolora,
impermeable, impenetrable, insonorizada. Mamá……(y los chicos le hablan…le
hablan….) mamá…(y los chicos la tocan…la tocan…) mamá…( y los chicos le dan
regalos y más regalos)….mamá. ¿Esa es (me pregunto yo) mamá?.
Todo es posible. Todo puede suceder. De hecho sucedió. Y la
escena se repitió semana a semana. Mes a mes. Y los chicos viajaban…y los
hermanos estaban. Y los chicos viajaban…y los hermanos no estaban. Y los chicos
viajaban…y la burbuja – mamá flotaba. Y los chicos viajaban y no había casa. No
había origen ni barrio. No había historia ni tesoro. Había lo que había. Y como
todo es posible y todo puede suceder, de hecho sucedió: un día la nave se
quemó. Y los chicos y nosotros no volvimos a cruzar a la otra orilla. La Ciudad
quedó aún más oculta.
Le propusimos entonces a la mamá…perdón…a la burbuja, que si
quisiera flotar junto a sus hijos, podría ella quizás emprender viaje en su
propia nave y dejar sus propias huellas en el agua. Acercarse ella…al hogar de
los chicos. Al nuevo hogar. Seguro Hogar. Acercarse ella, flotando y flotando, y
llevar a los chicos (¿sus hijos?) a navegar. A buscar. A jugar a ser mamá. A
encontrar los tesoros escondidos. Ocultos. A buscar hermanos perdidos. A buscar
belleza en su lugar. Pero vaya con cuidado. No vuelva tarde, porque si no, no
habrá tranquilidad. Y luego, por la tarde, antes de que sea tarde, vuelva con
los chicos a esta orilla. Segura. Hogar. Juanito. Y fue así que la nueva nave un
día llegó.Y los chicos salieron en nave nueva con Burbuja a la ciudad. A la
Oculta Ciudad Y Burbuja vino y fue, vino y fue.
Y hasta el sábado Burbuja, le dije. Una y otra y otra vez, le
dije. Hasta el sábado Burbuja. Hasta el sábado Burbu. Hasta el sábado Burbi, le
decía. Hasta el sábado Burma, que lo pasen bien. ¿Pero…qué está pasando? ¿Qué
me está pasando? ¿Cómo está má? ¿Qué nos está pasando? Hola mamá.
Hola mamá, ¿cómo le está yendo?, ¿cómo está?, ¿cómo están?, cuénteme… mamá,
cuénteme…Y mamá me cuenta. Me cuenta.
Como decía antes, suelen acontecer ciertos milagros. Quizás no
sean perpetuos. Pero tienen la consistencia del instante misterioso e
inexplicable. Ese instante único e irrepetible en el cual la burbuja se
desvanece ante mí. Se diluye sin darme cuenta. Se esfuma e increíblemente ya no
está más. Y se presenta claramente ella. La belleza. Mamá. Ni buena, ni
mala, ni sucia, ni pobre, ni enferma ni nada. Simplemente esta mamá.
Y como todo es posible y todo puede suceder, de hecho sucedió. Un
día la burbuja se disolvió.
Vino mamá, se llevó con ella a sus hijos y ya no volvió, y de
orilla a orilla el viaje se desdibujó. La Ciudad Oculta al fin, ya no se ocultó.
Recuerdo aquí y comparto con ustedes unas palabras de Víctor
Frankl, quien escribió en su libro El Hombre en busca del sentido, lo
siguiente:
“El hombre puede conservar un vestigio de la libertad espiritual,
de independencia mental, incluso en las terribles circunstancias de tensión
psíquica y física. Es esta libertad espiritual, que no se nos puede arrebatar,
lo que hace que la vida tenga sentido y propósito. El amor constituye la única
manera de aprehender a otro ser humano en lo más profundo de su personalidad.
Nadie puede ser totalmente conocedor de la esencia de otro ser humano si no le
ama. Por el acto espiritual del amor se es capaz de ver los trazos y rasgos
esenciales en la persona amada; y lo que es más, ver también sus potencias: lo
que todavía no se ha revelado, lo que ha de mostrarse. Todavía más, mediante su
amor, la persona que ama hace posible que el amado manifieste sus potencias. Al
hacerle consciente de lo que puede ser y de lo que puede llegar a ser, logra que
esas potencias se conviertan en realidad.”
Sigo tocando semana a semana el timbre del Hogar Juanito. Y aún
hoy persisto en el intento y continúo preguntándomelo y ojalá nunca deje de
hacerlo: ¿adónde está la belleza? ¿Adónde buscamos la belleza?
No es simple la tarea del Counselor. Al menos a mí no me resulta
nada fácil. Pero con la compañía de un equipo de compañeros de viaje
maravillosos, más una rara mezcla de voluntad, disposición, una parte de miedito
y bastante de confianza y convicción, la empresa toma vida propia. Y la belleza
se revela ante nosotros en el instante inesperado.
¡Ah! Y a no olvidarme: es conveniente tener siempre a mano
algunas herramientas indispensables para toda ocasión, tales como pico de
loro, destornillador y un buen buscapolos.
RICARDO A. GRINSZPUN
Casado, 4
hijas.
Consultor
Psicológico recibido en 1999
Actualmente:
Ejerce la consultoría psicológica con adolescentes, adultos, parejas, familias
desde el ECP. Coordina y covisiona con profesionales Counselors y Psicólogos.
Integra el equipo de profesionales de la ayuda psicológica “Los
Escuchantes”..Coordina grupos de Psicodrama desde el E.C.P y forma parte del
equipo de docentes del proyecto Casabierta.
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